Es un corazón que no solo ha sido olvidado… es un corazón que también se ha abandonado a sí mismo. Su estética remite a un objeto sumergido durante años: erosionado, cubierto, invadido por elementos que no le pertenecen pero que ya forman parte de él. No hay resistencia en su forma, no hay intención de liberarse. La textura áspera, los tonos apagados y la falta de brillo no hablan solo del paso del tiempo, sino de la renuncia. La luz apenas lo toca y, cuando lo hace, no despierta nada… solo confirma que ya no hay respuesta.
La obra nace de un proceso, donde esta emoción se ha trabajado desde dentro: cuando uno deja de creer en la posibilidad de cambiar, de salir, de reconstruirse. Es el punto en el que ya no importa lo que te digan, ni lo que ocurra fuera. Todo pierde peso. Todo da igual. Y en ese “da igual” es donde empieza el verdadero hundimiento. Porque no es solo el mundo el que deja de verte… es uno mismo quien deja de sostenerse.
Cada elemento de la pieza —la acumulación, la suciedad adherida, la falta de intención de limpieza o reconstrucción— representa ese estado en el que ya no hay impulso de mejora. El corazón no intenta salir a la superficie, no lucha contra lo que lo invade, porque ha perdido la esperanza de poder hacerlo. Y ahí está la crudeza de la obra: no es solo caer en el olvido de los demás… es desaparecer también para uno mismo.
Desesperanza S
- 28cm X 16cm


